Caminar por el Centro Histórico de la Ciudad de México es siempre una experiencia novedosa y ¿Cómo no va a ser así? El llamado ” antiguo corazón” de la Ciudad de México alberga joyas de la arquitectura colonial en forma de palacios e iglesias, residencias y capillas y además restos de la civilización mexica o azteca, todo ello forma parte de nuestra historia, pero visitar el Claustro de Sor Juana, nos permite asomarnos a uno de los espacios más atractivos de la historia virreinal, razón por la cual, en días pasados el ministerio de Cultura de nuestra Comunidad de Santa Mónica organizó una visita guiada a tan importante sitio.

Este lugar fue originalmente el Convento de San Jerónimo, fundado en el siglo XVI para las monjas jerónimas. Hoy es una universidad, pero todavía conserva patios, arcos, muros de piedra y pasillos silenciosos que evocan la vida de clausura que se vivía ahí hace más de trescientos años.

Entre esos muros vivió el Fénix de América, la Décima Musa, una de las mujeres más extraordinarias de la historia de México: Sor Juana Inés de la Cruz. Ella nació el 12 de noviembre de 1651 en Nepantla y murió el 17 de abril de 1695. Pasó casi tres décadas en este convento, y fue precisamente aquí donde escribió gran parte de su obra. Recorrer el claustro hace fácil imaginarla caminando entre los patios, rodeada de libros, dedicando horas al estudio y a la escritura.

Sor Juana fue, sin duda, un espíritu adelantado a su tiempo. Desde niña abrazó el conocimiento con una pasión inusual, desafiando los límites impuestos a las mujeres de su época. Incluso brilló en la corte virreinal de la Nueva España, donde su inteligencia dejó huella en nobles y eruditos. Sin embargo, eligió el convento no como encierro, sino como un espacio de libertad interior, uno de los pocos donde podía entregarse al estudio.


Dentro del convento reunió una importante biblioteca. De su privilegiada pluma nacieron obras como “Primero sueño”, “Los empeños de una casa” y la valiente “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”, donde defendió el derecho de las mujeres a pensar y aprender. Su legado no solo es literario: es una llama que sigue recordándonos que el saber pertenece a todo aquel que lo anhela.

Hoy, el antiguo convento late con vida nueva. Estudiantes, aulas y bibliotecas conviven con la arquitectura virreinal, creando una armonía donde pasado y presente se abrazan, dando al lugar un ambiente muy especial. Es inevitable sentir que el espíritu inquieto de Sor Juana sigue caminando entre esos pasillos, inspirando a quienes se atreven a pensar.

La jornada continuó con otra ventana al alma de México: el Museo de la Charrería, donde encontramos una parte importante de la tradición mexicana. Ahí, la tradición se viste de gala: trajes de charro, monturas, espuelas, lazos y sombreros narran historias de campo, destreza y orgullo. Muchas piezas han sido donadas por charros de distintos estados, como un gesto de amor hacia una herencia que se resiste a desaparecer.

Resulta fascinante descubrir que los charros forman parte de la reserva del Ejército Mexicano. No es casualidad: históricamente, los hombres de a caballo dominaron habilidades esenciales para la guerra —equitación, manejo del lazo, uso de armas— que los convertían en aliados naturales para la defensa del país. Por ello, en 1942, este vínculo fue reconocido oficialmente, uniendo tradición y servicio en una misma raíz.

Así, entre claustros silenciosos y ecos de caballos, sse nos han revelado dos rostros de una misma nación. Por un lado, la profundidad del pensamiento encarnada en Sor Juana; por otro, la fuerza de la tradición viva en la charrería. Dos caminos distintos que convergen en una verdad esencial: México se sostiene en su memoria, y en la fidelidad con la que decide honrarla.

Para finalizar y de acuerdo a lo que ya es una costumbre en estos paseos, fuimos a comer a un restaurante cuya especialidad es la comida española, abundante y sabrosa y durante ella, intercambiamos puntos de vista y momentos de cordial camaradería.

Colaboración: Mari Carmen Benítez Rincón. Ministerio de Comunicación.

