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VIERNES SANTO 2026

El Viernes Santo, corazón del Triduo Pascual, se vivió como un día de profunda contemplación y comunión entre diversas comunidades: el templo de Santa Mónica y la Parroquia de Nuestro Señor del Buen Despacho.  Unidos por la fe, los fieles participaron en el tradicional Viacrucis, una devoción que no solo rememora el sufrimiento de Jesucristo, sino que, como señaló Monseñor Francisco Javier Acero Pérez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis  Primada de México y de extracción agustino recoleta, invita a contemplar el amor con el que Él abrazó la cruz por la redención de la humanidad.

 

La jornada comenzó con una multitud reunida en el atrio del Buen Despacho, desde donde partió la procesión rumbo a Santa Mónica, encabezada por Monseñor Javier Acero, acompañado por el padre Jorge Valdés y el diácono Ángel Guzmán ambos de la Parroquia del Buen Despacho y los frailes Melchor Benito ( rector) y Hugo Badilla  de  Santa Mónica. En  un ambiente impregnado de música, cantos, oraciones y recogimiento, los participantes recorrieron las estaciones del Viacrucis, meditando cada paso de la Pasión.  La séptima estación marcó un momento especialmente emotivo, cuando se representó el encuentro entre Jesús y su madre, María, escena que conmovió profundamente a los presentes hasta las lágrimas, al reflejar el dolor compartido entre madre e hijo.

Uno de los momentos más  esperados y significativos fue la reflexión sobre las siete palabras de Jesús en la cruz, ofrecida por Monseñor Acero:

“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”: en esta súplica, Cristo no se defiende, sino que intercede. Su voz abraza nuestras indiferencias, nuestras omisiones y las heridas que seguimos dejando en los más vulnerables, especialmente en los pueblos originarios y en aquellos cuya dignidad ha sido olvidada. Es un llamado a recuperar los valores de cuidado, de protección y de respeto por la vida y la tierra, como si el perdón fuera también una tarea pendiente que nos toca encarnar.

“Hoy estarás conmigo en el paraíso”: aquí resuena la promesa. No una promesa lejana, sino inmediata, dirigida a quien, en medio de su fragilidad, se reconoce necesitado. Esta palabra es esperanza para toda la humanidad; es el soplo que sigue recorriendo los pueblos, incluso en los rincones más heridos del mundo. Cristo abre una puerta donde parecía haber solo condena, recordándonos que la misericordia siempre tiene la última palabra.

“Mujer, ahí tienes a tu hijo… hijo, ahí tienes a tu madre”: en este gesto, Jesús teje una nueva familia. No es solo un encargo afectivo, sino una misión. Hoy esa palabra nos interpela al mirar a tantas madres buscadoras que, con el corazón desgarrado, recorren caminos en busca de sus hijos desaparecidos. No podemos ignorar su dolor ni evadir los conflictos que atraviesan nuestras sociedades. Esta palabra nos exige hacernos prójimos, asumir responsabilidades y no acostumbrarnos a la injusticia.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”: es el grito que atraviesa la noche del alma. También nosotros lo repetimos en momentos de oscuridad, cuando el silencio de Dios parece más fuerte que su presencia. Sin embargo, este clamor no es desesperación absoluta, sino oración confiada. Cristo, aun en la herida, sigue dirigiéndose al Padre. Y ahí se revela una verdad profunda: aunque no siempre comprendamos, Dios escucha, permanece, y su amor no abandona.

“Tengo sed”: no es solo la sed física del crucificado, sino una sed más honda: sed de amor, de respuesta, de humanidad. Hoy esa sed se refleja en nuestros jóvenes, que buscan sentido en un mundo saturado de palabras pero escaso de testimonio. Hay sed de un Dios vivo, visible en acciones concretas: en el servicio al indigente, en la defensa de la dignidad humana, en la lucha contra la trata de personas. Más que discursos, el mundo necesita obras que hablen, historias vivas como las de quienes entregan su vida por los demás.

“Todo está cumplido”: no es una rendición, sino una plenitud. Cristo no se aferró a su propia voluntad, sino que la ofreció totalmente al Padre. Frente a esto, surge una pregunta incómoda: ¿cuántas veces nosotros rechazamos ese camino? Queremos poseer la vida, dominarla, imponerle nuestro ritmo. Pero esta palabra nos recuerda que la verdadera libertad está en dejar que la voluntad de Dios se realice en nosotros, incluso cuando no coincide con nuestros planes.

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”: es el abandono final, la confianza total. Estas palabras, que ya resonaban desde antiguo en la oración de Israel, alcanzan en Cristo su plenitud. Él, aun en la mayor oscuridad, muere con fe. Y esa misma fe se prolonga en tantos testigos actuales —mártires silenciosos en distintos lugares del mundo— que siguen entregando su vida con la certeza de que todo está en manos de Dios.

Así, estas palabras no quedaron suspendidas en el pasado. Siguen cayendo como gotas de luz sobre nuestro presente, recordándonos que, en medio del dolor, el amor sigue siendo la última y más verdadera palabra.

Por la tarde, la comunidad se congregó en el templo de Santa Mónica para la celebración litúrgica propia de este día. El altar desnudo y la ausencia de la Eucaristía subrayaron el carácter solemne y austero de la conmemoración. La liturgia inició con la postración del celebrante y concelebrantes,  signo de humildad y de unión con la agonía de Cristo. Las lecturas —el cántico del Siervo sufriente del profeta Isaías, el salmo 30 y la Carta a los Hebreos— prepararon el corazón de los fieles para escuchar la Pasión según San Juan.

En la homilía, fray Melchor profundizó en el sentido del sufrimiento de Cristo, destacando que ser cristiano implica aprender la obediencia a Dios. Jesús, explicó, asumió no solo el dolor físico, sino también el peso moral y espiritual de toda la humanidad. Su silencio ante la injusticia y su confianza absoluta en el Padre revelan una fortaleza que se convierte en esperanza para todos. Así, la Pasión no es solo un evento histórico, sino una luz que da sentido al sufrimiento humano y abre la puerta a la vida eterna.

La oración universal, proclamada de manera idéntica en todo el mundo, expresó la dimensión universal de la Iglesia al interceder por todos: desde el Papa y el clero hasta quienes no creen en Dios, pasando por los gobernantes y los que sufren.

Posteriormente, se llevó a cabo la Adoración de la Cruz, uno de los momentos más solemnes, en el que el crucifijo fue descubierto gradualmente mientras se entonaba el llamado a contemplar el árbol donde estuvo clavada la salvación del mundo. El gesto de besar la cruz, realizado primero por el sacerdote y luego por los fieles, fue un acto de veneración y gratitud.

La celebración continuó con el rezo del Padre Nuestro y la distribución de la comunión, recordando que, aun en la ausencia del sacrificio eucarístico, Cristo sigue siendo alimento espiritual para su pueblo.

A continuación, se llevó a cabo la  Procesión en silencio en honor a la Virgen de la Soledad, la cual hicimos dentro (y una parte en el atrio) del templo debido a una lluvia que se presentó, dando así mayor solemnidad al recorrido. Para finalizar rezamos el Rosario del Pésame a la Virgen. Familias enteras caminaron y oraron unidas en un ambiente de meditación y esperanza, acompañando a María en su dolor y preparándose interiormente para la alegría de la Resurrección. 

Este Viernes Santo se vivió como un encuentro profundo con el misterio del amor divino: un día en el que el dolor se transformó en esperanza, el silencio en oración y la cruz en signo de vida. En cada paso, en cada palabra y en cada gesto, resonó una verdad eterna: somos herederos de un amor que no conoce límites.

Colaboración: Mari Carmen Benítez Rincón. Ministerio de Comunicación.

Fotografía: Mari Carmen Santa Ana y Mari Carmen Benítez.

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