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JUEVES SANTO 2026

En el umbral solemne del Triduo Pascual, la comunidad de Santa Mónica se reunió en un templo casi colmado, donde la fe tomó forma en una procesión viva y luminosa. Niños y jóvenes caminaron con entusiasmo, llevando en sus gestos la alegría de pertenecer a un acontecimiento que no solo se recuerda, sino que se revive en el corazón de la Iglesia. Así comenzó la celebración del Jueves Santo, día que conserva algunos de los misterios más profundos del cristianismo.

Esta jornada concentra cuatro momentos esenciales que perfilan la identidad cristiana. En primer lugar, el lavatorio de los pies, donde Jesús enseña que la verdadera grandeza se encuentra en la humildad y el servicio. Luego, la institución de la Eucaristía, en la que el pan y el vino se convierten en signo perpetuo de su presencia viva. A esto se suma la institución del sacerdocio, al encomendar a sus apóstoles la misión de perpetuar ese memorial sagrado. Finalmente, el mandamiento nuevo del amor, que eleva la fraternidad humana al nivel del amor divino: amar como Él ha amado.

Durante la homilía, fray Hugo Badilla, quien celebró esta ceremonia acompañado de fray Melchor Benito y fray Manuel Abecia, condujo a la asamblea a contemplar la profundidad del amor de Cristo, un amor sin medida que se entrega hasta el extremo. Recordó que cada Eucaristía no solo evoca la entrega de Jesús, sino también su resurrección, fundamento de la esperanza cristiana. Inspirado en el Evangelio de San Juan, subrayó la invitación a alimentarse de Cristo, cordero pascual que se ofrece para la vida del mundo. El gesto del lavatorio de los pies fue presentado como una síntesis del Evangelio: servir, amar y entregarse. Así, la vida cristiana se entiende como comunión y sacrificio compartido, donde el amor se traduce en acciones concretas hacia los demás.

Tras la reflexión, el rito del lavatorio se hizo visible en doce chicos  del catecismo, quienes representaron a los apóstoles. Uno a uno, fray Hugo repitió el gesto de Cristo, recordando que la fe se encarna en signos sencillos pero profundamente transformadores.

Concluida la Eucaristía, el Santísimo Sacramento fue trasladado solemnemente al Salón San Agustín, acompañado de cantos que prolongaban la oración comunitaria.

La Adoración del Santísimo continuó en la capilla de San Lorenzo, donde la tradición se hizo presente mediante el pan bendito, símbolo de caridad y comunión, y la manzanilla en flor, evocación de la gracia que sana el alma.

 

La jornada culminó con una Hora Santa cuidadosamente preparada por los ministerios de Intercesión y Adoración Eucarística, en la que, entre cantos y meditaciones, se profundizó en Las Horas de la Pasión, acompañando, a Nuestro Señor Jesucristo desde el momento en que según visión de la autora, se despide de su madre antes de ir al Cenáculo para la última Cena, hasta su flagelación.

Se reconoció a Cristo presente en cada hermano y se pidió la gracia de vivir conforme a la voluntad del Padre. En ese silencio orante, Jesús fue contemplado como presencia viva en el Sagrario, un amor que permanece y espera.

Así, esta celebración no solo conmemora un acontecimiento pasado, sino que abre un horizonte de transformación interior, recordando que el amor de Dios, aunque inmerecido, sigue derramándose como promesa de redención y vida eterna.

Colaboración: Mari Carmen Benítez Rincón. Ministerio de Comunicación.

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