La conocida frase de nuestro padre San Agustín: “No se puede amar lo que no es conocido”, parece haber sido la fuente de inspiración que dio sentido al Taller de Espiritualidad del mismo nombre, culminando con el Retiro que se llevó a cabo el pasado fin de semana.


Aunque es recomendable asistir a los talleres de preparación, no es indispensable, pues durante el Retiro, cada exposición nos envuelve y ayuda a profundizar en el camino recorrido para encontrarnos con el Señor y conocerlo mejor.


Fray Hugo Badilla, en su charla de bienvenida nos animó a participar con: 1) presencia no sólo física sino también espiritual, 2) con valentía ya que habría verdades que tal vez nos sentarían mal y que de nosotros dependería ejercer la acción correctiva y 3) con confianza en Dios, en Jesús, en el Espíritu Santo y en el proceso que estábamos por vivir..

El salón a oscuras invitaba a la meditación, la música elegida para ese momento, fomentó la introspección, el ambiente circundante nos ayudó a aquietar la mente, a sentir paz. Al hacer silencio en nuestro interior, estamos abriendo el corazón al Espíritu de Dios, estamos propiciando el dejarnos moldear por el Señor, mostrándole así que confiamos en Él, para que en el silencio de nuestro corazón nos ayude a transformarnos desde dentro.

El Retiro fue un llamado a dejar de ser simples espectadores de La Palabra para convertirnos en protagonistas de nuestra propia conversión, con la valentía de reconocer aquello que necesitamos cambiar y la confianza de saber que no caminamos solos: la Gracia de Dios nos sostiene y nos transforma: podemos cambiar.

Este evento nos ayudó a aprender a conocernos a nosotros mismos, descubrir nuestras heridas y limitaciones, nuestros pecados, reconocer nuestros dones y abrirnos a la transformación que Dios quiere realizar en nosotros. La conversión no es una tarea exclusiva de los demás: la necesitamos tú y yo, cada día.


El verdadero fruto de este encuentro será llevar lo vivido a nuestra vida cotidiana: escuchar más, amar mejor, soltar aquello que nos aleja de Dios y convertirnos en testigos auténticos de su presencia entre nosotros. Porque cuando dejamos que Cristo transforme nuestro corazón, nuestra vida se convierte en un anuncio de su amor y nuestra comunidad, en un lugar donde otros pueden encontrar esperanza, fe y el camino hacia la vida eterna.



También reflexionamos sobre los ruidos y las preocupaciones que muchas veces llenan nuestra vida y nos impiden escuchar a Dios. Nos preguntamos cuáles son nuestros propios «Babeles»: el orgullo, la soberbia, el consumismo, el rencor o cualquier otra cosa que nos aleje de Él. Recordamos que Dios siempre está dispuesto a acompañarnos, pero necesitamos abrirle el corazón y darle un lugar en nuestra vida.


A partir de las palabras de Jesús, «donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón», fuimos exhortados a pensar qué es lo más importante para nosotros y dónde buscamos la felicidad. Muchas veces intentamos llenar nuestros vacíos con cosas que no nos dan una satisfacción verdadera. Jesús, en cambio, nos espera junto al pozo de nuestra vida para ofrecernos el agua que realmente puede saciar nuestra sed. Nos invita a soltar aquello que nos pesa y a confiar en Él, reconociendo que necesitamos Su Gracia para seguir adelante.

Otro aspecto importante fue aprender a mirar a los demás con los ojos de Dios. Escuchar de verdad, amar sin poner tantas condiciones y reconocer la dignidad de cada persona son formas concretas de vivir nuestra fe. El Shemá, que nos invita a escuchar al Señor con todo el corazón, nos recordó que no basta con oír su Palabra: necesitamos llevarla a nuestra vida diaria y no olvidar que en la jerarquía de los amores, el primer amor es el amor a Dios.

También dedicamos un espacio a reflexionar sobre nuestra Iglesia y nuestra comunidad. Reconocimos que todos somos parte de ella, con nuestras virtudes y defectos, y que su renovación comienza por cada uno de nosotros. Una comunidad cristiana no se distingue solamente por el número de personas que la integran, sino por el amor que se tienen, la manera en que se acompañan y el testimonio que dan a los demás.


Las liturgias penitencial y de consagración, junto con la efusión del Espíritu Santo, nos ayudaron a reconocer nuestras faltas, renovar nuestro compromiso con Jesús y pedirle la fuerza necesaria para continuar nuestro camino. Comprendimos que no basta con proponernos cambiar; necesitamos dejar que Cristo transforme nuestro corazón con la ayuda del Espíritu Santo y confiar en Su Gracia, porque nuestros esfuerzos, por sí solos, quedarán como vanos esfuerzos.


Al terminar el Retiro, nos llevamos una invitación muy concreta: hacer de Jesús el centro de nuestra vida y permitir que ese encuentro con Él se refleje en nuestra manera de vivir. Conocerlo más, conocernos mejor, aprender a escuchar, amar con mayor generosidad y reconocer aquello que debemos dejar atrás son pasos que podemos dar cada día.


Agradecemos de corazón a los ministerios de Intercesión, Logística, Staff y Música, cuya entrega y colaboración fueron fundamentales para el evento Gracias a Intercesión por sus oraciones, pidiendo la guía del Espíritu Santo, y a los demás ministerios por hacer posible la organización y el ambiente necesarios para el buen desarrollo de este encuentro. ¡Gracias a todos por su servicio y generosidad!


Para cerrar este recorrido te decimos: todos vivimos un encuentro personal con Jesús, que nos transformó. Que esta experiencia no se quede en un fin de semana, sino que sea el inicio de un camino diario junto a Él, acogiendo Su Gracia para ser mejores personas, mejores cristianos y una comunidad que comparta con alegría el gozo de haberlo conocido.


Colaboración: Mari Carmen Benítez Rincón. Ministerio de Comunicación.

