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TALA DE PALMERAS

Durante años, como quien advierte con paciencia el paso lento del tiempo, las palmeras de los atrios de Santa Mónica fueron señaladas ante la alcaldía Benito Juárez. Se insistía entonces en la necesidad de podarlas, de cuidarlas a tiempo, de acompañar su crecimiento antes de que la naturaleza reclamara lo que le corresponde. Sin embargo, entre los laberintos de la burocracia, la pausa obligada de la pandemia y los inevitables cambios de personal, la atención fue quedando en espera, como tantas otras cosas que el tiempo va archivando en silencio.

Pero el tiempo no olvida. Y lo que alguna vez fue oportunidad, más tarde se convierte en consecuencia. Las palmeras, que durante años ofrecieron sombra y presencia, comenzaron a deteriorarse hasta un punto irreversible. Fue entonces cuando se volvió a dar aviso, esta vez con un tono distinto: ya no se trataba de prevenir, sino de evitar un riesgo. Su estado representaba un peligro real para los edificios cercanos y para quienes transitan cotidianamente por ese espacio que es de todos.

La historia, sin embargo, no termina en la omisión. Gracias a la suma de voluntades, a la insistencia firme y a la responsabilidad compartida, finalmente se obtuvo el permiso necesario para llevar a cabo la tala. Fue una decisión difícil, pero necesaria; una acción que, aunque implica pérdida, también protege la vida y preserva la seguridad de la comunidad.

Hoy, donde antes se alzaban esas palmeras, queda también el aprendizaje: cuidar a tiempo es siempre el mejor camino. Y queda, sobre todo, el reconocimiento sincero a todas las personas que hicieron posible esta intervención. A quienes insistieron, gestionaron y actuaron, va un agradecimiento profundo. Porque cuando muchos empujan en la misma dirección, incluso lo que parecía detenido, finalmente avanza.

Colaboración: Mari Carmen Benítez Rincón. Ministerio de Comunicación.

Fotografía: fray Hugo Badilla. Vicario.

 

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